



Por todos lo muertos
La memoria y el recuerdo 11m
Cuando sonó el teléfono Clara se sobresalto, no esperaba ninguna llamada, Marcos no marcaba el numero del teléfono fijo que muchas veces habían intentado quitar pues ya no les servia como antes. Para lo enamorados se habían regalado un par de móviles de eso del pack dúo, exactamente iguales, con la misma melodía, los mismos tonos. Solo se diferenciaba la foto de la pantalla. Cada uno llevaba al otro para al abrir la tapa deslizante contemplar a quien era el dueño de su corazón.
Descolgó el auricular y…
-Buenos días, es usted Clara Rivas.
Mientras restregaba sus ojos somnolientos, trato de reconocer la voz…
-Si soy yo.
-Señorita Rivas lamento comunicarle…
Lo que siguió fueron palabras huecas, sin sentido, de otro mundo, no del de ella, ni tampoco de Marcos. Lo que aquel miembro de la policía le contaba no era real, no tenía porque serlo. Eran las doce de la mañana del jueves 11 de marzo, el aniversario de su relación. El primer año de su universo. Los primeros 365 días de felicidad más absoluta.
Apenas se habían visto un par de minutos cuando ella llego de su trabajo como vigilante jurado en unos grandes almacenes y el salía rumbo a su trabajo de profesor en un colegio bilingüe de la capital de España. Un beso rápido pero intenso, un abrazo y la despedida. Clara asomaba a la ventana dando su adiós al chico que la había enamorado por su sonrisa, ganas de vivir y la forma en que se le declaro haciendo gala de su perfecto ingles de profesor de idiomas.
Poco a poco fue encajando la noticia, ¿encajando? No. ¿Como podía aceptar algo que no iba con ella? Esas cosas no suceden en el mundo que ambos habían tejido para flanquear sus vidas, en el solo había espacio para la ternura, los besos, el amor, aquel hombre hablaba en otro plano, era como una película de ciencia ficción y aquella voz quería implicarles en algo que ella rechazaba...
El sol penetraba como cada mañana hasta más de la mitad de la cama por el amplio ventanal de su piso. Esa sensación le gustaba por su calidez, casi prefería el turno de noche para recibir sus rayos al abrir sus ojos a eso de la una del mediodía que era lo habitual.
Un mundo de sombras se ciñeron a su cuerpo, cuerpo que desde hacia unos días sabia no estaba solo. Una nueva vida crecía en su interior. Un minúsculo corazón que se aferraba a sus entrañas a pesar de las palabras del inspector de policía Ramírez o algo asi que fue quien le dio la noticia.
Clara se levanto, cerro la ventana, trato de gritar con un lamento silencioso, un sonido agónico que apenas traspaso el umbral de su corazón, supo de inmediato que los gritos desgarrados iban a ser fecundos en los próximos días.
Al llegar a salón distante de la habitación tan solo un par de metros, contemplo la mesa con el mantel rojo que Marcos había comprado en la tienda de bajo de casa, las copas con las servilletas también rojas como es natural en cuestión de amor. Las dos copas, los dos cubiertos, todo impregnado de ese sentimiento que les alegraba el alma. Incluso los pétalos que emergían sobre el agua de un cuenco de cristal navegando por sus recuerdos. Todo estaba en su sitio. Todo mudo acompañando el silencio de aquella estancia mientras Clara apretaba su vientre intentando salvaguardar al fruto de su amor de todo aquello. Solo las velas permanecían ajenas a su cometido. La mecha estaba apagada esperando que Marcos las encendiera para dar luz a su encuentro. Aquella mesa esperaba preparada por el para que todo estuviera a punto cuando llegara a la hora de comer y celebraran su unión.
Miro debajo del sofá y allí estaba la cajita con un lazo rojo que era el regalo de Marcos por su primer aniversario. Dudo si abrirla, era algo asi como invadir la sorpresa que el le guardaba. Finalmente lo hizo. No era la hora indicada. Ya no habría hora indicada. Ni encuentro. Ya no habría nada. En su interior un anillo y una nota…
“Has llenado mi corazón haciéndome feliz, sigue en el toda mi vida, te ama Marcos, el rey de todos tus sueños”
Se sentó en el sofá, quería gritar, pero no podía ¿Era una insensible? cogio el mando de la tele que estaba justo al lado de la consola con la que jugaban retándose, como dos niños. El premio al ganador un beso. El final de la partida, el amor.
Cuando el aparato hasta entonces inerte obedeció la orden enviada por el dedo índice de Clara las imágenes le dieron el golpe de gracia. Eran de la estación de Atocha, un reguero de bolsas de platico negras alimentaban el suelo del anden. Mientras varias personas los examinaban y uno los contaba. Clara cogio el móvil y marco el número de su chico. La melodía comenzó a sonar en su oído, era el “Bailar pegados” de Sergio Dalma. Uno de los hombres que recorrían la fila de sacos de plástico negro se detuvo ante una de las bolsas, en ese instante Clara comenzó a gritar, su chico, su amor, el padre de ese ser que crecía en su interior recibía una llamada que no podría contestar. Marcos yacía con el cuerpo desgajado en el frió suelo de la estación de trenes y nunca sabría que Clara le esperaban para darle su regalo de aniversario, el regalo de una nueva vida. Esa vida que a el le arrebataron, el fanatismo, la sin razón y la violencia mas gratuita, dejando cientos de seres humanos esperando otra llamada que no fuera la de la policía.
Por todos los muertos a los que otros pusieron hora para que lo fueran, mi recuerdo.
El recuerdo de todos los que aquél dia perdimos un trozo de nuestro corazón.
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